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El cierre del Estrecho de Ormuz ha desencadenado la mayor disrupción del suministro petrolero de la historia, según la IEA. Te explicamos qué es una crisis energética, por qué ocurre, cómo impacta en la economía global y qué mecanismos tiene España para responder.
Una crisis energética es un desajuste entre la oferta y la demanda de recursos energéticos (petróleo, gas natural, electricidad o materias primas derivadas) causado por conflictos geopolíticos, fallos de producción o factores climáticos, que provoca incrementos de precios y amenaza la seguridad del suministro de hogares, industrias y economías enteras.
Entender qué las provoca es el primer paso para anticipar su impacto y evaluar respuestas.
Una crisis energética es la incapacidad del sistema para equilibrar la producción de energía con las necesidades de consumo a precios asequibles.
Afecta a la energía primaria (petróleo crudo, gas natural, carbón, uranio) y a los productos derivados (electricidad, combustibles refinados como el diésel o el queroseno, calor industrial).
El impacto varía según la posición de cada país en la cadena energética global:
Se produce cuando el crecimiento de la demanda, impulsado por la expansión económica, la industrialización o el cambio climático, no va acompañado de un aumento paralelo en la producción.
Existe un retraso estructural inevitable entre la decisión de invertir en un nuevo yacimiento, una central eléctrica o una planta de regasificación, y su entrada en operación comercial, que puede ir entre 5 y 10 años.
Gran parte del petróleo y el gas mundial se produce o transita por zonas geopolíticamente inestables. Cuando estalla un conflicto en una región productora clave o se bloquea una ruta de tránsito estratégica, millones de barriles pueden desaparecer del mercado de golpe.
Muchos países dependen de importar el petróleo, el gas y otras materias primas que necesitan. Cuando el suministro se interrumpe, no hay sustituto inmediato: sin gas no hay fertilizantes, sin nafta no hay plásticos, y sin metales críticos no hay tecnología renovable.
Sequías prolongadas que reducen la generación hidroeléctrica, olas de calor que disparan el consumo de climatización, tormentas que pueden dañar infraestructuras de producción o transporte, o inviernos muy fríos que incrementan la demanda de calefacción son factores que pueden desencadenar situaciones de tensión energética.
Según el Global Energy Review 2026 de la IEA, en Europa la combinación de un invierno frío con escasa disponibilidad de energía hidráulica y eólica en 2025, impulsó al alza la demanda de gas natural para generación eléctrica, incluso en un contexto de precios del gas ya elevados.
El escenario energético global de 2026 está marcado por el conflicto que empezó el 28 de febrero de 2026, que derivó en el cierre casi total del Estrecho de Ormuz, por el que transita el 20% del petróleo mundial y también el 20% de sus productos derivados, así como el 18% del gas natural licuado.
Según el Oil Market Report de abril de 2026 de la IEA, en los primeros días de abril el volumen de petróleo y combustibles que cruzaba el Estrecho cada día se redujo a 3,8 millones de barriles diarios, frente a los más de 20 millones de barriles diarios de febrero. Es decir, pasó de canalizar el 25% del comercio marítimo mundial de petróleo a mover menos del 4% de la oferta global.
El impacto sobre la oferta global fue inmediato, cayó de forma drástica en marzo: más de 10 millones de barriles al día dejaron de llegar a los mercados. ¿Detrás del desplome? Los ataques a infraestructuras energéticas en Oriente Medio y el bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz. ¿Y el resultado? La mayor interrupción del suministro de petróleo registrada hasta ahora, según la IEA.
El petróleo está detrás de casi todo lo que producimos, transportamos y consumimos. Su escasez o encarecimiento se transmite al conjunto de la economía a través de varios canales, que los organismos internacionales han documentado con precisión en el contexto de 2026.
Cuando el petróleo escasea o se encarece, las consecuencias se notan en cadena: sube el coste de transportar cualquier bien, las aerolíneas ajustan vuelos y suben tarifas, las fábricas de plásticos y productos químicos reducen su producción por falta de materia prima y los alimentos se encarecen porque producirlos y distribuirlos cuesta más.
Según el IMF, este tipo de sucesos eleva los precios, desestabiliza las cadenas de suministro y reduce el poder adquisitivo de los hogares, al mismo tiempo que frena el crecimiento económico
Desde su fundación en 1974, la Agencia Internacional de la Energía ha intervenido en seis ocasiones para estabilizar los mercados petroleros liberando reservas de emergencia de sus países miembros.
Las cinco intervenciones anteriores a 2026 tuvieron lugar en 1991 (Guerra del Golfo), 2005 (huracán Katrina), 2011 (guerra de Libia) y dos veces en 2022, ambas como respuesta a la invasión rusa de Ucrania. Este conflicto disparó los precios del gas natural en Europa hasta máximos históricos, superando los 300 €/MWh en agosto de 2022, y obligó a la UE a reducir de emergencia su consumo de gas en un 15%.
Los miembros de la IEA mantienen más de 1.200 millones de barriles en reservas de emergencia, además de otros 600 millones de barriles por obligación gubernamental.
Ante cualquier crisis de oferta, la reducción de la demanda puede actuar con más rapidez y menos coste que el aumento de la producción. Según la IEA, las siguientes medidas tienen eficacia:
En el ámbito eléctrico, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico es la autoridad responsable de gestionar las respuestas ante posibles disrupciones del suministro, a través del Plan de Preparación frente a los Riesgos en el Sector Eléctrico (PPR), elaborado conforme al Reglamento europeo 2019/941.
Para ello, analiza los escenarios de crisis más probables, define las condiciones para declarar una crisis energética y establece los protocolos de coordinación entre todos los organismos implicados. El plan se aplica en todo el territorio español.
Cuando se produce una crisis, el plan contempla dos tipos de respuesta:
En el contexto de la crisis 2026, según el Informe del Sistema Eléctrico Español 2025 de Red Eléctrica, las renovables cubrieron el 56,6% del mix eléctrico en 2025, lo que está permitiendo a España amortiguar mejor que otros países importadores el impacto de la crisis sobre el precio de la electricidad.
Esta situación confirma que el desarrollo renovable no es solo una política climática: es una herramienta para reducir la dependencia energética exterior.
Comprender qué es una crisis energética y por qué ocurre es clave para poder responder a ella de forma eficaz, tanto a nivel individual como colectivo, desde reducir el consumo diario hasta activar los mecanismos de emergencia que los gobiernos y organismos internacionales tienen a su disposición.