El futuro que ya llegó

Chimenea de hormigón armado de la Central Térmica de As Pontes.

As Pontes parecía suspendida en un tiempo extraño. La chimenea seguía expulsando humo sobre el cielo gris de Galicia, pero algo ya había cambiado. No era visible a simple vista. Todavía no había silencio, ni máquinas derribando estructuras, ni cintas de seguridad cerrando accesos. La central continuaba parcialmente en funcionamiento. Pero el final ya estaba anunciado. Y eso cambiaba la manera de mirar.

Recuerdo caminar por las calles buscando el mejor ángulo para fotografiar aquella chimenea histórica mientras seguía quemando carbón. La última respiración de un gigante. As Pontes tenía entonces una atmósfera difícil de explicar. La vida seguía su ritmo habitual: coches cruzando avenidas húmedas por la lluvia, gente entrando en los bares, trabajadores saliendo de los turnos. Pero debajo de esa normalidad existía una conciencia silenciosa de que una época llegaba a su final.

Hay un barrio concreto en As Pontes donde esa sensación se vuelve más intensa. Un barrio construido alrededor de la central, donde la historia industrial continúa pegada a las fachadas, a las calles, a las conversaciones. Allí se percibe con claridad el vínculo entre la central y el territorio. No como una infraestructura alejada de la vida de las personas, sino como parte de la identidad colectiva de generaciones enteras.

Operario en labores de corte de las estructuras de la Central Termica de As Pontes. Operario en labores de corte de las estructuras de la Central Termica de As Pontes.
Operario en labores de corte de las estructuras de la Central Termica de As Pontes.
Un operario supervisa la maniobra de aproximación de un buque cargado con componentes destinados a un parque eólico en construcción. Un operario supervisa la maniobra de aproximación de un buque cargado con componentes destinados a un parque eólico en construcción.
Un operario supervisa la maniobra de aproximación de un buque cargado con componentes destinados a un parque eólico en construcción.

Es entonces cuando uno entiende que no desaparece solo una central. Lo que termina es una época de titanes.

 

Las grandes centrales térmicas construyeron país. Construyeron territorio. Durante décadas, generaron empleo, riqueza y desarrollo en regiones enteras. A su alrededor crecieron ciudades, infraestructuras y familias. Hubo abuelos que participaron en la construcción de estas centrales cuando parecían obras imposibles. Padres y madres que trabajaron en ellas durante toda su vida. Y ahora hijos e hijas que participan en su desmantelamiento, mientras un nuevo modelo energético empieza a ocupar el horizonte.

As Pontes fue el inicio de ese camino.

La primera parada de un viaje de cinco años en el que he sido testigo de cómo los grandes titanes del carbón iban apagándose poco a poco. Compostilla. Andorra. Litoral. Nombres que durante décadas representaron el corazón industrial y energético de España y que ahora dicen adiós de una forma lenta, casi íntima. Porque el desmantelamiento de una central térmica no es un espectáculo. Es un proceso silencioso. Un ejercicio de precisión y respeto.

Los trabajadores se mueven entre estructuras gigantescas conscientes del momento histórico que están viviendo; saben que están retirando una parte de nuestra historia colectiva. Y en ese gesto hay algo profundamente humano. No existe triunfalismo. Tampoco nostalgia fácil. Existe memoria.

Revisión conectores termopares del núcleo en cabeza vasija del reactor. Revisión conectores termopares del núcleo en cabeza vasija del reactor.

Muchos de ellos crecieron viendo estas chimeneas desde niños. Para algunos, la central fue el primer empleo de la familia, la estabilidad, la posibilidad de quedarse en el territorio. Otros han vivido la transición completa: del carbón a las renovables. Del ruido constante de las térmicas al ronroneo de los parques eólicos bailando al son del viento y los reflejos imposibles de las plantas solares.

Europa empezaba entonces una nueva revolución industrial. Y España se convertía en uno de los grandes adalides de esa transformación. Pero comprender esa transformación requiere mirar más allá de las cifras o de los titulares. Porque detrás de cada central hay vidas enteras. Hay una relación emocional y económica con el territorio. Hay comunidades construidas alrededor de una forma de entender el trabajo y el progreso.

Probablemente por eso este proyecto acabó convirtiéndose en una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida como fotógrafo.

No solo por la dimensión visual de estas obras de ingeniería, inmensas y casi imposibles, sino por todo el tejido humano y social que existe a su alrededor. La sociedad suele relacionarse con la energía desde la distancia. Abrimos un grifo, encendemos una luz, cargamos un teléfono. Pero rara vez pensamos en los lugares, en las personas y en las estructuras que hicieron posible esa normalidad durante décadas.

Las grandes centrales térmicas formaban parte de ese mundo invisible.

Un mundo que ahora desaparece ante nuestros ojos mientras otro intenta abrirse paso.

El Legado que Seremos” nace precisamente de esa necesidad de conservar una parte de esa memoria. De acompañar los últimos días de vida de estos titanes industriales y, al mismo tiempo, documentar el inicio de una nueva etapa. No desde la nostalgia, sino desde la conciencia histórica.

Porque lo que está en juego no es solo un cambio tecnológico. Es una transformación profunda del territorio, de la industria y de la manera en la que entendemos el futuro.

Vistas de los aerogeneradores en la Sierra de Ojos de Albos. Vistas de los aerogeneradores en la Sierra de Ojos de Albos.
Vistas de los aerogeneradores en la Sierra de Ojos de Albos.

El primer paso era la descarbonización de la energía.

Un nuevo futuro que intenta responder a los problemas del presente y a las grandes preguntas que afronta Europa: cómo producir energía de una manera más sostenible, cómo reducir las emisiones, cómo reindustrializar territorios enteros, cómo construir futuro.

Las renovables asumen el protagonismo que durante décadas perteneció al carbón. Pero esta transformación va mucho más allá de un simple cambio tecnológico.

Es la consecuencia natural de una evolución constante que el ser humano ha vivido durante siglos. La tecnología avanza. Los tiempos cambian. Y con ellos cambian también las necesidades de las sociedades. La transición energética forma parte de ese movimiento imparable de la historia.

Con la llegada de las renovables se abren nuevas oportunidades para territorios donde hace apenas unos años parecía imposible imaginar un nuevo futuro industrial. Nuevos empleos. Nuevas carreras profesionales. Nuevas formas de desarrollo ligadas a la innovación, la tecnología y la sostenibilidad. En muchos de estos lugares, golpeados durante décadas por la pérdida de población y la falta de oportunidades, la transición energética aparece también como una posible respuesta a algunos de los grandes problemas demográficos que vive Europa.

Al mismo tiempo, cambia por completo el mapa de la distribución de la energía.

Pasamos de un sistema concentrado en grandes centrales de producción a un modelo mucho más distribuido, mucho más plural. La energía ya no nace únicamente desde unos pocos puntos gigantescos. Ahora se genera desde numerosos lugares: grandes parques eólicos o solares, pequeñas instalaciones industriales, edificios, hogares o incluso comunidades energéticas locales.

Es un cambio profundo en la forma de entender la producción y el consumo energético.

Y junto a él aparecen nuevas posibilidades vinculadas a la economía circular, al urbanismo sostenible y al futuro de las ciudades. Edificios más eficientes. Ciudades preparadas para convivir con nuevas formas de movilidad y consumo. Espacios urbanos pensados para responder a las exigencias ambientales y sociales del presente.

La transición energética no solo redefine el paisaje industrial. También redefine la vida cotidiana.

Y, al mismo tiempo, abre un horizonte inmenso de posibilidades tecnológicas para millones de personas. Nuevas herramientas, nuevas infraestructuras, y nuevas formas de acceso a la energía que pueden transformar la vida de los territorios más vulnerables y conectar a las nuevas generaciones con un futuro que, hace apenas unos años, parecía todavía lejano.

Entre las estructuras del parque fotovoltaico, un trabajador revisa el crecimiento de cultivos implantados en las franjas de terreno entre los paneles. Entre las estructuras del parque fotovoltaico, un trabajador revisa el crecimiento de cultivos implantados en las franjas de terreno entre los paneles.
Entre las estructuras del parque fotovoltaico, un trabajador revisa el crecimiento de cultivos implantados en las franjas de terreno entre los paneles.

Llegamos así al final de una etapa de “El Legado que Seremos”. Una etapa centrada en la descarbonización de la energía, en el origen de esta gran revolución que está transformando Europa y redefiniendo el futuro de nuestros territorios.

Este no es un final. Es un punto y seguido. Durante todo este tiempo he tenido el privilegio de compartir camino y trabajar junto a grandes profesionales que han dado lo máximo de sí mismos en una etapa estratégica para Europa, marcada por la transición energética y el inicio de una nueva revolución industrial. Queda mucho por hacer. Grandes retos por afrontar. Pero estoy convencido de que, cuando dentro de varias décadas volvamos la vista atrás y observemos este proyecto, seremos conscientes del trabajo titánico realizado por miles de personas que hoy, desde el silencio y lejos de los focos, están construyendo los cimientos sobre los que se levantará el futuro de nuestro país y el futuro de Europa para las siguientes generaciones.

Álvaro Ybarra Zavala

Fotógrafo

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