10 Gbps: digitalizar con megavatios flexibles
La transformación digital y la inteligencia artificial exigen una gestión inteligente y eficiente de la energía para que la transición energética sea, de verdad, efectiva. Para lograrlo, necesitamos un modelo flexible, integrado con la red y compatible con las restricciones del sistema eléctrico: un modelo capaz de acelerar la digitalización sin erosionar la seguridad de suministro. Sin energía gestionable, la digitalización no escala.
Por Rafael Sánchez Durán
La digitalización y la IA se miden casi siempre en unidades de conectividad: fibra, Wi-Fi 7, sensores, nube, modelos de datos. Sin embargo, hay una condición menos vistosa y decisiva que determina si esa modernidad despega o se queda en un documento: la potencia eléctrica disponible. Sin megavatios, los megabits se quedan en una promesa difícil de materializar. La infraestructura eléctrica no es un detalle operativo: es la condición habilitante.
Cuando hablamos de Smart Campus, imaginamos pantallas, dispositivos y flujos masivos de datos sostenidos por mobiliario urbano “inteligente”. Pero el punto de inflexión llega al formular dos preguntas básicas: cuánta potencia necesita para operar de forma continua, segura y escalable y si esa potencia no está disponible, cuánto tardará en estarlo. En demasiados proyectos estas preguntas aparecen tarde, como si la electricidad fuera invisible e infinita. Y no lo es: es la llave sobre la que se construye todo lo demás. Preguntar por los megavatios al final casi siempre sale caro.
“Sin megavatios, los megabits se quedan en una promesa difícil de materializar.”
Pensemos en un centro de datos de tamaño medio, en torno a 30 MW de potencia eléctrica, integrado en un parque científico, un enclave industrial avanzado, un puerto, un campus universitario o incluso un entorno hospitalario. ¿Qué significa eso en términos eléctricos? A grandes rasgos, un data center de ese tamaño se comporta como el consumo sostenido de una ciudad media (≈150.000 habitantes), alimentada desde uno o dos nodos de red. Y, visto desde el sistema eléctrico, no es solo “un consumo concentrado”: es una demanda con impacto sistémico. Tensiona la capacidad disponible, condiciona la capacidad firme y reduce el margen para nuevas solicitudes en su entorno.
Esta realidad obliga a replantear cómo gestionamos la demanda de los centros de datos y, por extensión, de los grandes campus. Podemos seguir tratándolos como consumidores pasivos que solo solicitan potencia, o entenderlos como consumidores flexibles que también forman parte de la solución. La demanda también puede ser un activo del sistema.
Tres ideas para un modelo flexible y activo
¿En qué consiste el cambio de perspectiva? En tres ideas sencillas, pero estructurales, que convierten a un campus de gran demanda en una pieza activa del sistema, y no únicamente en un punto de consumo exigente. La clave es pasar de “conectar” a “integrar”.
- La primera idea es asumir que no toda la potencia de un campus debe contratarse como un servicio firme e incondicional. Una parte, sí: la alimentación de sistemas críticos. Pero existe otra fracción gestionable: climatización, ciertos procesos industriales, recarga de vehículo eléctrico y, en un centro de datos, tareas de cómputo no urgentes que pueden desplazarse o modularse. Esto abre la puerta a contratos que distingan entre potencia firme y potencia flexible (o condicionada), es decir, potencia cuya reducción el sistema puede solicitar durante unas pocas horas al año en momentos de congestión o restricción técnica. Separar firme y flexible libera capacidad y mejora la asignación del recurso realmente escaso: la red.
- La segunda idea se resume en Bring Your Own Capacity: si quieres conectarte antes, no basta con pedir una conexión grande; debes aportar parte de la capacidad que necesitas. Esto implica dimensionar generación renovable propia, incorporar respaldo gestionable y añadir almacenamiento en baterías con algunas horas de autonomía. Aquí se produce un giro cultural: dejar de tratar la generación local y el almacenamiento como “un extra de sostenibilidad” y reconocerlos como lo que también son: infraestructura de capacidad. La autogeneración y las baterías dejan de ser accesorios: se convierten en parte de la ingeniería del suministro.
- La tercera idea es abordar el reto con “gafas TIC”, no solo desde la ingeniería eléctrica. En un centro de datos moderno conviven cargas críticas en tiempo real con cargas desplazables: analítica pesada, entrenamiento de modelos, procesos batch, simulaciones o tareas de desarrollo. Si el operador puede pausar o desplazar parte de ese trabajo durante unas pocas horas al año, convierte el software en un recurso energético: utiliza la flexibilidad del cómputo para reducir puntualmente la demanda de red sin comprometer el servicio. La flexibilidad digital puede traducirse en flexibilidad eléctrica.
Cuando combinamos estas tres piezas, la foto cambia por completo. El centro de datos deja de ser un bloque monolítico y pasa a ser una carga gestionable. Eso permite conectar antes sin trasladar automáticamente a la red todos los costes de refuerzo y, al mismo tiempo, repartir mejor los esfuerzos entre promotor, distribuidor y conjunto de usuarios. Gestionar demanda es acelerar conexiones y repartir de forma más justa los costes de adaptación.
Este enfoque ya se aplica, por ejemplo, en el Reino Unido: las distribuidoras han demostrado que es posible conectar antes, sin esperar a ejecutar todos los refuerzos, mediante conexiones flexibles o no firmes. El cliente se conecta con una potencia acordada, pero acepta que, en momentos puntuales de congestión o limitación técnica, su demanda pueda modularse automáticamente mediante sistemas de Active Network Management (ANM) y plataformas DERMS (gestión coordinada de recursos energéticos distribuidos). La operación digital habilita, de facto, capacidad “virtual”.
Cambio de paradigma
Si trasladamos esta lógica al contexto de un Smart Campus bien digitalizado, en realidad ya disponemos de casi todas las piezas: fotovoltaica en cubiertas, baterías, grupos de respaldo, sistemas de gestión de edificios, contadores inteligentes y centros de datos. Lo que suele faltar es un marco que reconozca la flexibilidad y una capa de inteligencia que la haga operativa.
En concreto, suelen faltar dos elementos: un marco de relación con el sistema eléctrico, a través del distribuidor, que reconozca y, cuando corresponda, remunere esa flexibilidad; y una capa de inteligencia, idealmente un gemelo digital, que coordine los recursos en tiempo real con reglas claras: cuándo descargar la batería, cuándo ajustar la climatización, cuándo retrasar la recarga de una flota y cuándo desplazar un cálculo pesado. Sin marco e inteligencia, la flexibilidad existe “en teoría”, pero no se materializa.
“La flexibilidad mejora tiempos, eficiencia y robustez del sistema.”
Desde una visión integrada entre electricidad e informática, un Smart Campus de 10 Gbps no es solo un campus con excelente conectividad: es un entorno donde la curva de carga eléctrica se entiende y se gestiona con el mismo rigor con el que se administra la curva de tráfico de datos. Un Smart Campus aprende a gestionar megavatios como gestiona megabits. Y comprende que sus 30 MW no son únicamente un “problema” para la red, sino una palanca de flexibilidad capaz de estabilizar el sistema, integrar más renovables y, al mismo tiempo, acelerar su propia digitalización.
Si seguimos tratando a estos grandes consumidores como hace décadas, solo como cargas firmes que exigen potencia sin comprometerse a nada más, es lógico que las redes se saturen antes y que los plazos de conexión se alarguen. Si, en cambio, adoptamos un modelo dual, podremos conectar antes, aprovechar mejor los activos y repartir de forma más justa los costes de adaptación. La flexibilidad mejora tiempos, eficiencia y robustez del sistema.
Ese es el salto que nos jugamos: pasar de un campus que “consume electricidad” a un campus que forma parte activa de un sistema eléctrico inteligente. Ahí es donde la alianza entre transición energética y transformación digital puede marcar, de verdad, la diferencia. Digitalizar también es aprender a consumir de otra manera: más inteligente y más responsable.